lunes, 15 de febrero de 2016

Un liberal de antaño: Salvador de Madariaga


Si un personaje representa como nadie la Tercera España ese es sin duda Salvador de Madariaga (La Coruña, 1886 - Locarno, 1978). Anticomunista convencido, fue uno de los intelectuales que con mayor tenacidad se opuso al franquismo desde posturas liberales. Perteneció a la llamada generación novecentista o de 1914 junto a autores de la talla de Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala o Manuel Azaña. Profesor universitario, embajador y ministro, fue autor de más de sesenta libros con interesantes aportaciones sobre las relaciones internacionales, la filosofía política, la psicología social, la historia, la crítica literaria, la novela, la poesía o el teatro. Muy joven se trasladó a Londres para colaborar como editorialista y redactor del prestigioso periódico británico Times. Allí publicó su primer libro La guerra desde Londres (1917), una encendida defensa del bando aliado en la Primera Guerra Mundial. Finalizada la guerra, entra en la oficina de prensa de la secretaría de la Sociedad de Naciones. Rápidamente asciende a jefe del Departamento de Desarme, puesto que ocupará hasta 1927 para dedicarse de lleno a la cátedra de Lengua y Literatura españolas en la Universidad de Oxford. Son años en los que Madariaga se va formando en los principios del liberalismo, a partir de su contacto con la cultura política inglesa, y va adoptando una visión internacional de los conflictos socio-políticos que será determinante para su posterior toma de posición ideológica.
La llegada de la República en 1931 será analizada por Salvador de Madariaga con una lucidez premonitoria:

«Intuía que el pueblo español estaría con la República, pero vislumbraba tres peligros: el idealismo intransigente de los extremistas de izquierda, queriendo imponer la Arcadia para hoy mismo; el coletazo o contramarea de la extrema derecha, y las rivalidades ideológicas, que desmenuzarían al centro. No era probable que la República durase mucho ni que viviera en paz interior»


El primer gobierno republicano lo nombró embajador en Washington, pero duró poco en el puesto pues la incompetencia de Lerroux como ministro de Exteriores, le obligó a dirigir en la sombra la política internacional española en la Sociedad de Naciones. Regresa a España en 1934 para incorporarse a las carteras de Instrucción Pública y Justicia del nuevo gobierno del cedista-radical de Alejandro Lerroux. Fue testigo privilegiado de la insurrección de octubre. La izquierda revolucionaria no aceptó el resultado democrático de las elecciones que dio el triunfo al centro derecha y se convirtió en un elemento de desestabilización permanente hasta el estallido de la contienda civil.

El alzamiento de 1934 [socialista y anarquista] es imperdonable. La decisión presidencial de llamar al poder a la CEDA era inatacable, inevitable y hasta debida desde hace ya tiempo. El argumento de que el señor Gil Robles intentaba destruir la Constitución para instaurar el fascismo era, a la vez, hipócrita y falso. Hipócrita porque todo el mundo sabia que los socialistas de Largo Caballero estaban arrastrando a los demás a una rebelión contra la Constitución de 1931, sin consideración alguna para lo que se proponía o no el señor Gil Robles; y por otra, a la vista de que el señor Companys y la Generalidad entera violaron también la Constitución."




En 1935 publica un controvertido libro Anarquía y jerarquía. Defiende una “democracia orgánica”, en la línea regeneracionista de Luis Araquistáin y Joaquín Costa en la cual el poder emanara de los cuerpos intermedios de la sociedad (grupos sociales, familia…). Madariaga niega la existencia de la lucha de clases e incluso de una clase opresora y sostiene que la libertad, la desigualdad y el binomio ambición-necesidad son esenciales para que una sociedad progrese. Se tratra pues de un liberalismo elitista, partidario de un Estado autoritario, que frenase los excesos de las ideologías revolucionarias.
Al estallar la guerra civil, consigue salir hacia Ginebra y luego rumbo a Londres. Con tristeza confiesa Madariaga “En 1936 era yo un parlamentario europeo liberal cuando a la gente no le interesaba ni Europa ni el sistema parlamentario ni el liberalismo. Esta fue la causa verdadera de mi emigración”. Tres días después del alzamiento militar publicaría un muy interesante y polémico artículo en el diario Ahora en el que argumentaba que desde el punto de vista de la libertad no había diferencia entre marxismo y fascismo.

“Mi silencio sobre España me supuso una dura prueba en los Estados Unidos, donde aquel invierno pasé tres meses dando conferencias y donde a mis auditores, como es natural, les resultó difícil comprender que me negara a hablar de la guerra civil. Mis motivos eran evidentes: no podía hablar a favor de los rebeldes, porque negaban todo lo que yo consideraba válido; no podía hablar por los revolucionarios, no sólo porque no creía en sus métodos (ni, en el caso de algunos de ellos, en sus objetivos), sino porque no defendían lo que decían defender. Se llenaban la boca con democracia y libertad pero no permitían vivir ni a la una ni a la otra”


Desde Ginebra seguirá insistiendo en esta postura en una carta dirigida al diplomático inglés Anthony Edén en el que afirma que en los campos de batalla no se libraba una guerra contra la tiranía, pues los dos bandos eran partidarios de regímenes totalitarios incompatibles con la libertad y la democracia. Prueba de ello fue la presión a la que fueron sometidos los intelectuales liberales en el Madrid republicano:

"En esta atmósfera de violencia la vida del espíritu era imposible. Al comienzo de la guerra se obligó a los intelectuales del país a firmar un manifiesto en favor de la República, es decir de la revolución que por el extranjero circulaba con disfraz republicano. Los tres escritores que había fundado la Asociación al Servicio de la República en 1931, José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, repudiaron este manifeisto en cuanto se vieron libres en la emigración."

Protagonizó distintas gestiones, todas ellas infructuosas, para que franceses y británicos interviniesen en España para imponer la paz, incluso pensaba, con cierta ingenuidad, que un entendimiento entre Franco y Prieto podría traer a España un período de estabilidad y reconstrucción nacional. Pero con el tiempo su aversión a la figura de Francisco Franco sólo fue igualada por su visceral rechazo al comunismo.
Terminada la guerra civil, intentó crear un organismo representativo de elementos moderados del campo antifranquista que planteasen una alternativa del gobierno. Contaban con el visto bueno del gobierno británico. Surge así la Alianza Democrática Española, dirigida por el coronel Segismundo Casado, que se había rebelado contra Negrín y los comunistas en el Madrid asediado. Madariaga fue su teórico principal, junto con otras figuras anticomunistas como el socialista Wenceslao Carrillo y el anarcosindicalista Juan López Sánchez. La escasa colaboración británica hizo fracasar esta interesante iniciativa. Volvería a intentarlo en 1947 en una entrevista con el diplomático John Hickerson. Seguía buscando la colaboración de Gran Bretaña y también los Estados Unidos pues argüía que la continuación del franquismo sólo era ventajosa para el comunismo soviético y un desastre para las potencias occidentales. La restauración monárquica en la figura de don Juan de Borbón era una de las salidas que planteó con vehemencia.
Salvador de Madariaga por aquel entonces era una figura de reconocido prestigio internacional, de ahí que sus críticas al régimen franquista tuvieran especial repercusión. Fue el primer presidente de la Internacional Liberal, uno de los fundadores del College d’ Esuropa y un miembro activo de la Unesco hasta que dimitió en protesta por la admisión de la España de Franco. El primer Congreso de Europa, reunido en La Haya en 1948, lo designó presidente de su comité cultural.
La oposición al franquismo que él quería ir construyendo tendría que ir unida al discurso europeísta, liberal y antitotalitario. En reiteradas ocasiones intentó un acercamiento entre José María Gil Robles y el socialista moderado Indalecio Prieto con la idea de constituir ese frente democrático de oposición al franquismo. Finalmente creó el Consejo Federal Español del Movimiento Europeo que, en palabras del propio Madariaga, se convirtió en “lo que el gobierno de la república en la emigración no había logrado ser: el único organismo en el que se hallaban representados todos los colores del arco iris político español menos los totalitarios, comunistas y fascistas”.



Su anticomunismo hizo que no fuera muy bien visto por la oposición dominada por el Partido Comunista. Planteaba una tercera vía de oposición a comunistas y fascistas y, con una importante dosis de ironía, denominaba a España “Yugoespaña”. Reprochaba a Franco que su política represiva favorecía a los comunistas y preparaba “a España para el comunismo”. Este planteamiento incomodó especialmente a Franco pues rompía el discurso maniqueo, sostén del régimen, que planteaba una única elección: comunismo o franquismo. El ya creía en una Tercera España que sería propiciada por una asamblea de “notables” compuesta por setenta personalidades del interior y cincuenta del exilio. El proyecto, afirma el historiador Paul Preston, ganó adeptos y en España lo desarrolló la Asociación Españolas de Cooperación, presidida por Gil Robles. Este fue el punto de partida que inspiró el IV Congreso del Movimiento Europeo, que se reunió en Munich en junio de 1962, el famoso “contubernio de Munich” que tantos quebraderos de cabeza dio al franquismo. En Munich se reunieron monárquicos, católicos, falangistas críticos, socialistas moderados, nacionalistas catalanes y vascos. Se impidió la presencia de los comunistas. Madariaga escribió:

"La guerra civil que empezó en España el 18 de julio y que el Régimen ha mantenido artificialmente con la censura, el monopolio de la Prensa y de la Radio y los desfiles de la Victoria, la guerra civil terminó en Múnich anteayer, 6 de junio de 1962”


El presidente de la reunión, Maurice Fauré, declaró que Europa esperaba a España con los brazos abiertos. Franco, visiblemente contrariado con el éxito internacional de la convocatoria realizó un discurso en Valencia donde tachaba de débil y podrido el liberalismo y denunciaba “a esos desdichados que se conjuran con los rojos para llevar a las asambleas extranjeras sus miserables querellas”.
Muerto Franco, regresa Salvador de Madariaga a España en mayo de 1976. Ocupó un sillón en la Real Academia y durante los dos años que le quedaban de vida fue testigo privilegiado del proceso de Transición democrática al que él tanto contribuyó durante décadas. No cabe duda de que Salvador de Madariaga forma parte indiscutible de esa Tercera España, liberal y dialogante, que no conoce dogmatismos y rechaza el discurso totalitario, venga de donde venga.
Su liberalismo radical queda reflejado en las palabras inscritas en su lápida y que resumen su pensamiento político: “la democracia es un medio y una forma, mientras que la libertad es una esencia y un fin”

1 comentario:

angel sanchez de la casa dijo...

GRANDIOSO MADARIAGA. QUÉ FALTA NOS HACEN HOY HOMBRES ASÍ!!!
POR CIERTO, SIGUE SU FUNDACIÓN EDITANDO SUS LIBROS?